​Entrenamiento de fuerza y síntesis proteica  (Noviembre 2018)

​Entrenamiento de fuerza y síntesis proteica (Noviembre 2018)

El rol de los aminoácidos anabólicos en la respuesta hipertrófica.

Jorge Roig

La actividad muscular tiene implicancias fundamentales en varios territorios, siendo una de ellas la de iniciar una renovación de las proteínas de dicho tejido y con ello además dar comienzo a la señalización anabólica para la resíntesis de las mismas. Comprender esta acción resulta básico para entender las implicancias que tiene el ejercicio, al punto que según sea este se generarán respuestas específicas sobre el perfil proteico. Como es obvio suponer, la característica de la fibra muscular que se involucre en el esfuerzo será la que desencadenará todas las secuencias en la vía de señalización concreta, provocando con ello el catabolismo proteico que tendrá un acento más sarcomérico o sarcoplasmático. Esto, finalmente, llevará necesariamente implícita una respuesta anabólica para la reconstrucción, incrementada o no, de las proteínas degradadas.
Hace ya casi dos décadas que Wolfe y Miller daban evidencia de que el incremento de la concentración de aminoácidos (AA) en el sarcoplasma, algo concretable normalmente como respuesta a la degradación proteica por ejercitación muscular, causa estimulación de la síntesis de proteínas musculares. (Wolfe R.R., Miller S.L. Amino acid availability controls muscle protein metabolism. Diabetes Nutr. Metab. 1999). Es sabido que esto también acontece por el ingreso de AA exógenos, los que de asociarse este momento con el ejercicio, ello potencia la síntesis proteica muscular (SPM). Esta sinérgica acción aumenta sensiblemente la estimulación de la mTORC1, razón fundamental para incrementar la síntesis del mencionado macronutriente (MacKenzie M.G., et al. mVps34 is activated following high-resistance contractions. J. Physiol. 2009).
Ganar o perder masa muscular es necesariamente una consecuencia de las alteraciones en el estado de equilibrio proteico muscular, donde cualquier desigualdad entre la síntesis y la degradación conducirá a la acumulación de proteínas y quizás con ello a la hipertrofia del músculo o, caso contrario, a la pérdida proteica y así a la disminución de la masa muscular pudiendo llegarse incluso a la atrofia del referido tejido.
Es importante tener presente que aproximadamente el 50% de las proteínas del cuerpo están contenidas en los músculos, por lo que la pérdida de estas es un verdadero problema de salud orgánica. La masa muscular reclama no solo ser mantenida en cantidad, sino también en su calidad funcional, lo que implica lograr un buen rendimiento metabólico, colaborar con la inmunidad, regular la temperatura central, controlar a las interleuquinas proinflamatorias, etc. Y respecto de las proteínas que el músculo alberga, resulta de interés también recordar que las contráctiles son las mayoritarias en comparación con las sarcoplasmáticas y mitocondriales, esto es, las que están más vinculadas al metabolismo celular. De destacar es que estas últimas tienen una tasa de recambio superior a las sarcoméricas (Jaleel A, et al. In vivo measurement of synthesis rate of individual skeletal muscle mitochondrial proteins. Am J Physiol Endocrinol Metab. 2008).
Bastante se ha escrito relativamente a cuando comienza la etapa de resíntesis proteica, especialmente considerando ello al mejor momento para aportar proteínas y/o aminoácidos al organismo, asociado este al entrenamiento. Varios autores se han explayado al respecto a partir de sus investigaciones. Así Burd, por ejemplo, afirma que la tasa más elevada de resíntesis sucede entre la primera y la tercera hora después de haberse finalizado con el ejercicio de fuerza, dependiendo de la intensidad y el volumen del mismo (Burd NA, et al. Resistance exercise volume affects myofibrillar protein synthesis and anabolic signalling molecule phosphorylation in young men. J Physiol 2010).
Respecto de lo anterior, hay evidencia que varios fenómenos intramiofibrilares acontecen durante los primeros 60 minutos posteriores al entrenamiento de fuerza, a saber: 1) el ambiente metabólico cambia de catabólico a anabólico, 2) el aporte sanguíneo se normaliza, 3) la masa muscular se vuelve más sensible a los nutrientes debido al flujo de AA, producto especialmente del catabolismo proteico, 4) se acrecienta exponencialmente la señalización de mTORC1, y 5) aumenta la sensibilidad a la insulina (Drummond MJ, et al. Skeletal muscle amino acid transporter expression is increased in young and older adults following resistance exercise. J Appl Physiol 2011). Como se aprecia, las condiciones inmediatamente posteriores al ejercicio, en este caso de fuerza, están optimizadas para la reconstrucción proteica y con ello del músculo, el que atravesó obligadamente por un proceso catabólico que deberá revertirse. Esta situación, más allá de cualquier carga exógena nutricional, se inicia como respuesta al catabolismo instalado por el ejercicio. Porque el mismo tiene la particularidad de activar, por contracción, una secuencia de moléculas mecanosensibles que procuran como primer objetivo retornar a la proteostasis del músculo.
La combinación justa de entrenamiento de fuerza sarcomérico y el debido aporte de proteínas y AA, en cantidad y calidad, es lo que asegura la integridad del tejido muscular en su estructura y función. Sin ejercicio específico no hay recuperación ni crecimiento del músculo, pero tampoco ello acontece sin el adecuado aporte de AA anabólicos. Y en esto último, la cantidad y el momento de su ingesta puede definir o no la conquista de los objetivos que se procuren.