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​Adaptaciones centrales y adaptaciones periféricas

​Adaptaciones centrales y adaptaciones periféricas

6 Septiembre 2017 | Autor: Prof. Jorge Luis Roig | 262 visitas

Una sensible diferencia que muchos desconocen y el deportista no pocas veces paga con su caída en el rendimiento.

Jorge Roig (2014)

Todo entrenamiento físico-deportivo conlleva necesariamente adaptaciones (o desadaptaciones) en nuestro organismo. Así, tejidos, órganos y sistemas van sufriendo modificaciones en respuesta a las situaciones que cada estímulo produce en el cuerpo y que, si estos son debidamente dosificados, dichos ajustes inducirán mejoras en el rendimiento.

Es bien conocido que así como el entrenamiento adapta, el desentrenamiento desadapta y con ello el rendimiento cae inexorablemente. Desde esta afirmación, es casi una obviedad resaltar que quien deja de entrenar perderá aquellas adaptaciones positivas que favorecieron el aumento del rendimiento físico y/o deportivo. Lo bueno es que esta involución temporaria es reversible.

Relativamente a lo anterior, lo que pareciera que no está debidamente comprendido es el hecho de que entrenar no implica obligatoriamente mejorar la performance. Esto es, para que un individuo aumente su rendimiento específico, lo que entrene deberá necesariamente comprometer a los órganos y sistemas que están específicamente involucrados en el ejercicio o práctica deportiva que realiza. Para ser más claro, el hecho de utilizar las piernas en su deporte no implica que cualquier ejercicio que las incluya producirá adaptaciones propias de aquello que practica. Así por caso, durante el ciclismo se utilizan las extremidades inferiores para propulsarse, sin embargo este entrenamiento no mejora el rendimiento de un fondista. De ello hay sobrada evidencia científica.

Quizás uno de los aspectos más descuidados, desconsiderados o desconocidos a la hora de entrenar, sea el de tener presente que el criterio de especificidad fibrilar (criterio metabólico) y gestual (criterio neuromuscular) debe dominar en el ejercicio, asociado claro está a las características que debe tener el estímulo que se aplica. Es obvio que incumbe considerarse, en este punto, la intensidad, el volumen, la densidad, frecuencia y la duración del mismo, de manera de garantizar que este afecte favorablemente a órganos y sistemas.

Parece ser que uno de ítems más olvidados a la hora de entrenar es sobre la existencia de las dos grandes adaptaciones que el entrenamiento produce y que no necesariamente se vinculan por el estímulo de entrenamiento: las adaptaciones centrales (AC) y las adaptaciones periféricas (AP). Las AC involucran a aquellos cambios que acontecen a nivel del sistema cardiocirculatorio (también de tipo centrales y periféricas), los que la mayoría de las veces arrastran consigo modificaciones favorables sobre el sistema neuroendocrino, el termorregulador, y el de ciertos órganos internos como el hígado, aunque no es el único. En tanto que las AP refieren concretamente a transformaciones que suceden a nivel de la célula muscular comprometida en el entrenamiento e incluso también las de las motoneuronas asociadas a la misma. Y, para resaltar, además estas son específicas al modelo de estímulo de suerte que no cualquier entrenamiento que involucre metabólicamente a un sistema energético generará cambios idénticos. Así, el hecho de aplicar un esfuerzo de tipo aeróbico, por caso, producirá alteraciones en este sistema al envolver enzimas del mismo. Digamos como ejemplo que definidas intensidades aeróbicas generarán cambios positivos en enzimas específicas a dichos reclamos energéticos, pero no todas las vías energéticas de dicho sistema cambiarán. Cuando los esfuerzos aeróbicos son de intensidad umbral o subumbral, hay fuertes posibilidades que las modificaciones involucren a las enzimas comprometidas con reacciones en las cuales están involucradas la vía lipolítica y beta oxidativa. Pero si el ejercicio es aeróbico y de alta intensidad, las enzimas asociadas con la glucólisis serán las más afectadas y ellas se afectarán cuali-cuantitativamente. Hay también de esto sobrada evidencia científica.

Recientemente leía en un diario local una comunicación de un profesional colega muy reconocido, que entrena a un boxeador al que, debido a las incomodidades y el disgusto que le producía al mismo realizar carrera continua para mejorar lo aeróbico (otro tema a debatir es este modelo de entrenamiento de los boxeadores), había decidido entrenar aeróbicamente en natación. Lo asombroso es que el boxeador no sabía nadar y por ello estaba aprendiendo, y esto a pocos meses de un enfrentamiento pugilístico de nivel internacional. De no creer!

Además del análisis crítico que pueda hacerse sobre esta decisión, a mi juicio absolutamente infeliz, la cuestión de la inespecificidad del estímulo para entrenar en este ejemplo es una evidencia de aquello que se realiza muchas veces y cuyos costos los paga el deportista. En este caso puntual, el entrenamiento aeróbico de natación puede producir ciertas AC que impacten favorablemente en el boxeador, pero lejos está de concretar las AP propias de la fibra muscular que se involucra en el deporte específico. Incluso, y lo que es aun más alarmante, el intervínculo imprescindible que debiera darse entre el sistema cardiocirculatorio y las fibras musculares involucradas en el esfuerzo, lograble a través de sus adaptaciones concretas periféricas (angiogénesis, distancia de difusión de oxígeno, diferencia arterio-venosa, etc.), tampoco acontecerá ante la ausencia de especificidad.

Resumiendo, las AC y las AP van directamente asociadas por el entrenamiento específico. El no considerar esto lleva a una pérdida inexorable de cambios concretos que se generan en ambos tipos de adaptaciones. En estas circunstancias, ciertas modificaciones de tipo central, aun aconteciendo, no se vinculan a los que se deben dar a nivel muscular, y viceversa. El resultado final será una serie de desadaptaciones que se manifiestan en forma idéntica a las que acontecen durante períodos de desentrenamiento.